viernes, 22 de mayo de 2009

La Lidia. Madrid. Feria de San Isidro. 21 de Mayo de 2009

Feria de San IsidroJustificar a ambos lados
Domeq, Vázquez/Morante, Manzanares, Pinar

Toros de Juan Pedro Domeq: Desiguales de presentación y juego. En general flojos y aborregados. Primero y sexto nobles y boyantes. El resto muy blandos. Algunos impresentables. Tercero bis de José Vázquez soso y parado.

“Morante de la Puebla”: Cuatro pinchazos, pinchazo hondo y caído, aviso y descabello (Silencio); Pinchazo y estocada desprendida (Oreja).

José María Manzanares: Estocada (Silencio); Estocada (Ovación con saludos).

Rubén Pinar, que confirmaba la alternativa: Pinchazo hondo y caído (Silencio); Estocada corta y baja (Silencio).

Carlos G.

Lágrimas toreras

Había toreado como los ángeles con el capote a su segundo toro, la puerta grande estaba medio abierta, y todo se vino abajo en un instante, y a Morante de la Puebla se le saltaron las lágrimas por el reconocimiento del duro y exigente público de Madrid.

El tachado de inflexible y poco tolerante aficionado venteño se hizo de caramelo y pastel ante todo un dispendio de facultades toreras, a veces simplemente apuntadas; quedó tan saciado de aromas que se rompió las palmas para ovacionar en la vuelta al ruedo del diestro sevillano.

La mentira esgrimida y propagada por unos cuantos indocumentados y serviles pelotas de cuatro pegapases posturitas que mandan en el toreo –sin torear, ahí estriba la gracia-, sotienen, sin caérseles la cara de vergüenza, que en Madrid el público no es respetuoso, no atienden a los esfuerzos realizados por sus pupilos, son zafios y ordinarios, y solamente les hace falta escupir por el colmillo o hacer sus necesidades en la caliente piedra de los asientos del coso de la Calle de Alcalá. Sin embargo ha llegado un torero a carta cabal, ha hecho “así” un par de veces…y ha puesto la plaza bocabajo.

Ocurrió en el cuarto de la tarde, tras una hora interminable de pegapasismo tenaz y astroso, aunado a una impresentable e inválida recua de borregos de Juan Pedro Domeq, que estaba llevando a más de uno a cometer una locura: prenderse fuego a lo bonzo, tirarse al ruedo, beber Cruzcampo o cualquier herejía de similar jaez.

En el primero, un nobilísimo novillote que le tocó en suerte a Rubén Pinar, que confirmaba la alternativa, éste se limitó a tirar líneas una y otra vez, utilizando todos aquellos trucos que al alcance de su mano estaban. Y su mano era, una y otra vez, con reiterada maldad y pesadez, la derecha. El torito no dejaba de embestir y el torero de pegar pases; muy malos y tramposos, pero ahí estaba cumpliendo con el trámite. Y mientras tanto, el público, a abanicarse, que era lo que se terciaba con semejante material en el ruedo.

Antes de la maravilla de toreo, brevemente apuntado por Morante, a Manzanares le tocó en suerte un marmolillo de José Vázquez, al que hubo de despenar sin poderle dar un solo muletazo, pues intentarlo hubiese sido tan complicado y estéril como ver torear en toda una feria de San Isidro. Y miren que hay tardes…

Por su parte, Morante, antes de fumarse el puro inspirador, hubo de lidiar un proyecto de cadáver que se venía abajo en cuanto se le bajaba la mano, y probó tierra reiteradamente. Hubo un par de muletazos ayudados de alta escuela y ahí quedó todo antes de emprenderla a pinchazos con el pobre bicho, que lo único que pretendía era tomar el sol. Tumbado a poder ser.

Tras finiquitarlo, el diestro sevillano se fue al callejón, se encendió un puro que parecía un pirulí, chupó con delectación, aspiró hondo, y no se sabe qué es lo que contendría el cigarro puro en sus esencias; o qué era exactamente lo que vino a inspirarle al artista, pero lo cierto es que según se hizo presente el cuarto en la arena, Morante hizo “así” con el capote, embarcándole en tres o cuatro verónicas de categoría, acompasando la embestida con todo su torero cuerpo, hundiendo el mentón en el pecho y cargando la suerte como mandan los cánones. Todo realizado con exquisito temple y un regusto propio de los creadores de arte, patrimonio propio e intransferible de orfebres del toreo, a los que la gran mayoría del escalafón actual, pegapases al uso, jamás tendrán oportunidad de entender ni alcanzar, pues está fuera de su órbita y aspiraciones vitales. Luego hubo de venir un gracioso galleo por chicuelinas acariciando la suave y floja embestida del novillote. Y el culmen a tanta torería vino de la mano de un soberano quite por verónicas y una media de perfil digna de ser pintada al óleo y ser recordada durante una buena temporada.

El triunfo era imparable, el público transido de torería y arte, la faena simplemente había que apuntarla y rubricarla…pero no había toro y sí chucho aborregado, que sólo aguantó una torera y templada tanda con la derecha, antes de quedar hecho un pasmarote y dejar en falsa alarma el posible faenón que se presagiaba. Tras un pinchazo y una estocada defectuosa, Madrid, que había visto torear después de semanas –puede ser que sean meses- con esencias que parecían olvidadas, se entregó por completo a la labor realizada, premiando con una generosa oreja que nadie protestó, pues cuando sobre el albero hay un torero que lo pisa como tal e impone su ley y su arte, no hay nada que discutir y sí mucho que paladear y disfrutar para días de ayuno artístico.

Tras la apoteosis frustrada, la tarde bien podía haberse acabado, pues a Manzanares le tocó en suerte otro borrego con tendencia a la invalidez, con el que estuvo templado y sobrado, y Rubén Pinar demostró que no aportará nada a lo ya conocido, pues tiene los mismos defectos y vicios que sus compañeros más veteranos.

Puede ser que Morante también los tenga, incluso puede acusársele de vago y frágil de moral; pero se hizo presente con el garboso capote, dio cinco pinceladas, y ahí parecía que estaba recreando su obra un paisano suyo que tiene bien ganada fama en el Olimpo de los artistas: un tal Velázquez.

Tal vez, pasados los años, todavía se recuerden aquellas lágrimas toreras de Morante por no haber podido redondear triunfo en las Ventas un día en el que el arte, después de años sin visitar este coso, se hizo presente de manera fugaz y rutilante.

Y ahí es nada.

jueves, 21 de mayo de 2009

La Lidia. Madrid. Feria de San Isidro. 20 de Mayo de 2009

Feria de San Isidro

Peñajara, Torres Gallego, Gascón Martín, Pérez Tabernero/Abellán, Marín, “El Payo”

Toros de Peñajara: Mal presentados, inválidos todos ellos. Flojos y aborregados. Primero, tercero y sexto fueron devueltos al corral. Primero bis de Torres Gallego, encastado. Tercero bis de Gascón Martín inválido. Sexto bis de Pérez Tabernero noble y aborregado.

Miguel Abellán: Pinchazo y golletazo (Silencio); Estocada desprendida (Silencio); Estocada trasera y tendida y tres descabellos (Silencio).

Serafín Marín: Pinchazo, bajonazo, aviso y tres descabellos (Silencio); Estocada trasera (Silencio).

”El Payo”, que confirmaba la alternativa: Dos pinchazos, aviso, estocada (Silencio); Estocada (Vuelta al ruedo).

Carlos G.

Una pantomima

Comenzó la tarde como acabó la anterior, que es con los astados por los suelos, como viene siempre a ocurrir cuando en el ruedo pululando están las figuras del escalafón, y no cambiaría de signo la tarde.

Seguían saliendo por chiqueros novillotes inválidos para que la terna se luciese, más tales intenciones se fueron pronto al garete, pues los becerrotes preferían tomarle la medida al albero del coso venteño, que parece ser que en época primaveral está fresco y apetecible, pues tomaban tierra siempre que podían los muy brutos. Y lo hacían con desesperante reiteración; del público, de la terna, de los espectadores de todos los medios posibles, de Perico el de los Palotes…. Menos para el señor que presidiendo estaba, pues parecía que tales hechos no iban con él y prefería mirar a otro lado silbando.

Fueron para el corral tres novillotes, que debieron ser los seis titulares impresentables de Peñajara, y los sobreros no mejoraron mucho el panorama. Debe ser que tenían tendencia a padecer los mismos defectos de sus primos lejanos, y también hocicaban en cuanto les daban la menor ocasión. Y cuando no era así y sus intenciones eran las de embestir tal cual mandan los cánones, que fueron contadas, ahí estaban los señores del castoreño para tundirles los espinazos y haciéndoles la carioca para que semejantes bravuconadas pasasen pronto al olvido, pues ya se sabe que no es conveniente que el lucimiento con riesgo se produzca. Por nada del mundo, así caigan chuzos de punta y se produzca el Apocalipsis.

Tal cual ocurrió en el primero bis de la tarde, que salió en lugar de un cadáver con cuernos de Peñajara; salió con brío, ganas de comerse el mundo, llevarse a todos por delante…pero hete aquí que salió el borrico montado a caballo más los subalternos haciéndole la cobertura, para lidiarlo de astroso modo, darle para ir pasando, y dejarle listo para sentencia. No llegó a tanto pues el becerrote sacó genio y casta, permitió un interesante tercio de quites, más vistoso que de calidad, en el cual se alternaron Abellán y “El Payo” –llegaron a quitar hasta 2 veces cada uno-, ora con delantales, ora con gaoneras, ora con chicuelinas. Prometía demasiado y se quedó en eso: promesa, pues semejante casta jamás habrá encontrado el joven diestro mejicano en aquellas lejanas tierras. Mas estuvo profesional, intentó hacerle el toreo con toda la pureza de la que era capaz y si no llegó a cuajar faena debe achacársele a su inexperiencia. O por lo menos es lo que quiere pensar uno que aquí escribe.

Miguel Abellán estuvo muy dispuesto toda la tarde, e intentó por activa y por pasiva hacerles el toreo a los proyectos de momias que tenía delante, mas tales intentos se veían una y otra vez frustrados por la inválida condición de los borregos que tenía delante. Una lástima porque de verdad se le veía dispuesto al diestro madrileño. Pero uno, que de por sí es malpensado y de tal le acusan, más le hubiese valido venir a Madrid con una corrida de toros de verdad y no con una infame gatada inválida y aborregada que le deja inédito en la feria, amén de no terminarse de creer que de verdad quisiera apostar alto y triunfar por todo lo alto. Las malas decisiones son así de traicioneras, así que a quien Dios se la dé…

Serafín Marín tuvo dos chuchos de muy diferente condición: su primero, un encastado sobrero que hacía tercero, sacó genio y apuntó el barcelonés un toreo largo y poderoso en dos tandas en redondo. Sin embargo, entre la mala cabeza del diestro, sus innecesarias prisas y que el astado se le iba la vida a chorros, acabó todo en la nada más absoluta, aparte de acabar con él de una puñalada tabernaria en el mismísimo gollete, infame y digno de ser llevado ante la justicia taurómaca.

Con su segundo estuvo haciendo de enfermero, como tantas veces se vio a lo largo de esta plúmbea tarde de despropósitos. Y tales acciones, si no se realizan con un puñado de sal torera y desparramando esencias custodiadas en el arca de la más pura inspiración, uno acaba haciendo el ridículo más espantoso posible; y así es tal y como ocurrió. Lástima de toros y lástima de torero con capacidad y valentía como para darle coba a toros íntegros con toda la barba, pero que se limita a lidiar borregadas a modo. Otro que se merece lo que tiene.

Para acabar de rematar el sainete, “El Payo” lidió el único toro con posibilidades reales de alcanzar triunfo: el único medianamente aceptable de presentación; noble, encastado y con embestidas como para cortarle las orejas en cuanto se pusiese firme, bajase la mano y le llevase largo y templado. No lo hizo desde un principio, las dudas le asaltaron, amén de otros momentos de escaso temple y ligazón, y cuando quiso realizarle el toreo en corto y por derecho, el animal ya no daba más de sí y clamaba irse a tomar unas cañas –como un servidor en esos momentos, harto de inválidos y presidentes ineptos-. Porfió hasta los últimos instantes, honradez le sobraba al muchacho, mató de un estoconazo en todo lo alto –posiblemente lo único destacable de la tarde- y, ni corto ni perezoso, sin que se lo pidiese nadie, se dio una vuelta por todo el morro, ante el asombro de propios y extraños.

Quizá lo hizo porque tenía calor, la tarde había sido un auténtico despropósito, y quería darse un garbeo para saludar a las chatis que por la barrera estaban. Pero pensándolo fríamente podemos darnos cuenta, tras no mucho cavilar, que lo hizo para rematar una tarde de pantomima: de toros, presidentes ineptos, toreros mataburras y la madre que los trajo a todos, a la que desde aquí presento todas mis excusas.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La Lidia. Madrid. Feria de San Isidro. 19 de Mayo de 2009

Feria de San Isidro

Cuvillo/”El Juli”, ”El Cid”, Perera

Toros de Núñez del Cuvillo: Mal presentados, alguno sin el trapío mínimo exigible en una plaza de primera. En general inválidos y aborregados. A casi todos se les simuló el segundo puyazo. El cuarto noble y flojo, el de mejor juego.

”El Juli”: Estocada trasera y tendida, descabello (Silencio); Estocada trasera y tendida y tres descabellos (Silencio).

”El Cid”: Tres pinchazos y bajonazo (Silencio); Pinchazo hondo y dos descabellos (Palmas).

Miguel Ángel Perera: Bajonazo (Silencio); Aviso, pinchazo, estocada corta y descabello (Silencio).

Carlos G.

¡Miau!

Vinieron las figuras y ya se sabe… todos los gatos salieron de sus escondrijos para ser lidiados a mayor honor y gloria de los prebostes del escalafón taurino, que no de la Fiesta en sí.

Ocurre casi siempre, y con similar resultado la mayor parte de las veces. Llegan los mandamases del toreo, se traen los toros de juguete bajo el brazo y el coso venteño se convierte en una auténtica gatada indigna de ser lidiada en una plaza de primera. Y no contentos con ello van, encima, y les da por caerse y morirse…

Algunos se llevan a engaño y con semejante treta logran convencer y crear opinión entre los menos doctos en materia taúrica, que en plena isidrada son los más. Existe un extraño convencimiento por parte de muchos aficionados, propagado por los toreros, sus representantes y sus palmeros, de que los toros se caen porque están gordos y pesan demasiado.

Qué mejor medicina que ver la realidad de los hechos, que no es otra que justo la contraria que ellos proponen: una infame becerrada, con aires gatunos, que se caía por los suelos nada más recibir los primeros lances con los capotes. Un engaño mil veces descubierto pero no por ello menos veces repetido. Y es que ya se sabe: una mentira repetida muchas veces puede convertirse en verdad, y crear opinión. Infundada, claro está, pero opinión al fin y al cabo.

El público de Madrid, al menos un gran sector del mismo, no cayó en el engaño, y coreó con rotundos “miaus” cada lance que se le daban a los pequeños felinos que por el albero iban saliendo. Y es que dársela con queso a la dura y exigente cátedra tiene su mérito, más no fue ésta la ocasión, y salieron trasquilados del envite.

“El Juli” se cuidó mucho de no meterse en demasía con sus dos piltrafas con cuernos que se caían al menor soplido, los cuidó para que llegasen frescos al tercio de muleta, mas imposible era realizarles el toreo a semejante putrescente género. Ello no fue óbice para que el madrileño se pusiera hecho un pelmazo pegapases, le tirase todas las líneas habidas y por haber, y no ligase dos pases seguidos si no era por medio del truco y el engaño, que consiste en citar con el pico y descargar la suerte constantemente. Ya está demasiado visto y el efecto novedad en él no tiene cabida. Otra vez será.

“El Cid”, que es un torero de una pieza, con semejante ganado gatuno poco o nada tiene que decir, pues su carrera está basada en el toreo auténtico realizado con el toro auténtico, con el cual ha cosechado rotundos y muy merecidos éxitos. Mas esta vez tiró por la calle del medio, se apuntó a la becerrada que traían bajo el brazo, y el tiro le salió por la culata. Con el primero estuvo ejerciendo de enfermero con la muleta a la altura de las orejas, pues cuando se le ocurría bajarla para domeñar la embestida –sic- del becerro, éste caía esmorrado en la arena. Con su segundo, un precioso gatito jabonero que sacó genio y embestidas pastueñas, no se acopló con él, pegando muchas carreras y asentando poco las zapatillas, pues la codicia del felino desbordándole estaba. Quizá por lo sorpresivo que tales ánimos surgiesen de un cuerpecito tan pequeñito y adorable como la de aquel becerrito tan lindo. Intentó el toreo al final, más era imposible, pues se acabó la gasolina del bovino especímen y hubo de abreviar.

Miguel Ángel Perera es un auténtico jabato y su estoicismo requiere de embestidas codiciosas, bravas y humillantes…justo lo contrario de lo que tuvo enfrente. Dos cadáveres con cuernos a los que realizarles el toreo de dominio y mano baja era poco menos que una quimera. Aun así, y quizá contagiado por el pegapasismo imperante del escalafón actual, estuvo hecho un pelmazo y le dieron un aviso antes de entrar a matar a su segundo, no habiendo realizado nada de mediano fuste hasta ese momento. ¿Alguien entiende semejante disparate?.

Lo único destacable de esta infame gatada fueron los dos grandes pares de Alcalareño al quinto y que en la plaza había mucha gente guapa y famosa. Monarcas inclusive.

Imagino que esperarían otra cosa de la tarde. O tal vez no, sabían a lo que iban, y por eso llevaban una sardina en el bolsillo de la americana y un platito de leche por si alguno de los seis felinos les daba por hacer arrumacos cerca de la barrera.

Eran tan monos ellos…

domingo, 17 de mayo de 2009

Dire Straits, un grupo emblemático fuera de época


Cambiando de tercio, como dice el viejo aforismo taurino, paso a hablarles de mi grupo favorito; aquél que llenó mis espectativas musicales cuando yo tenía 19 años y me llega hasta ahora, a lo mejor con menos fuerza, debido al paso del tiempo.

Dire Straits, grupo liderado en cuerpo y alma por una de las personas de mayor talento que haya pisado un escenario con una guitarra en las manos, Mark Knopfler, inició su carrera allá por el año 78, en una época en la que su música estaba totalmente fuera de lugar, con toda la eclosión del movimiento punk y lo que ello conlleva.

Dotado de un estilo personalísimo, suave, cadencioso, cuasi hipnótico, los Illsley, Withers y los hermanos Knopfler, David y Mark, sacaron al mercado una delicia para los oídos llamada Dire Straits, primer disco de la banda, y primer puñado de temazos atemporales, entre los que destaca de manera especial el himno por antonomasia del grupo británico: Sultans of swing. Es éste un disco marcado por los tonos suaves, el delicioso y cuidado sonido de la maravillosa guitarra del maestro escocés. Imprescindible de principio a fin.

Un año más tarde sacan el que para muchos de sus fans es su disco más logrado: Communiqué, muy parecido al anterior pero con una regularidad en la calidad tan apabullante, que resulta complicado decir qué tema sobresale entre tanta joya. News, Lady Writer, Single handed sailor, Where do you think you are going, Once upon a time in the west.... Obra maestra total y absoluta.

En el año 80 David Knopfler, que hacía las veces de guitarrista rítmico de la banda, deja el grupo por la mala relación con su hermano, y Dire Straits se reinventa a sí mismo con un discazo eminentemente rock, una joyaza de proporciones bíblicas en las que destacan Tunnel of love y la deliciosa Romeo and Juliet. El disco se titula Making Movies. La banda se ve modificada en su concepto, y se le añade la gran incorporación de Alan Clark que hará las veces de teclista de ahí hasta el 92, año de la desaparición del grupo.

Dos años más tarde, Knopfler se reinventa a sí mismo y saca a la luz un disco de rock sinfónico, tan alejado de los comienzos del grupo. Love over gold, con cinco canciones, una de ellas de 15 minutos -Telegraph Road-, es la representación clara y evidente de la evolución del grupo; la calidad que le permitía una versatilidad que en directo alcanzaban cotas de magnificencia absolutamente asombrosas. Y para plasmar todo esto, no hace falta más que acercarse a ver su primer disco en directo: Alchemy, posiblemente uno de los más grandes conciertos que jamás se hayan ofrecido, con versiones cuidadas, rockeras, suaves... Virtuosismo bien entendido. Rock de 24 kilates. Canciones y versiones para el recuerdo, como la de la archiconocida Sultans of Swing, con uno de los punteos de guitarra más alabados de la historia de la música. Músicos de verdadera enjundia que aportaron al grupo lo que venía pidiendo: Terry Williams a la batería, con toda su contundencia; y Alan Clark, un mago del teclado.



Tras una breve pausa vendrá su mayor éxito comercial, que no por ello su mejor disco: Brothers in arms, del año 1985, con temas tan variopintos y comerciales como Walk of life, Money for nothing, So far away y, sobre todo, la majestuosa y sobrecogedora Brothers in arms, canción antibelicista por antonomasia, y dotada de una letra y una melodía que llega a lo más hondo de uno cada vez que se escucha con atención.

La gira de ese año fue todo un éxito, Dire Straits estaban en la cresta de la ola, Knopfler era un semidios después de su etapa straitiana y sus grandes bandas sonoras: Local hero y CAL. Pese a ello, el escocés decició darse un largo descanso, que se vio interrumpido en el año 1988, cuando el mítico y recordado concierto homanaje a Nelson Mandela, con Eric Clapton haciendo las veces de segundo guitarrista del grupazo.

Cuando la leyenda estaba en lo más alto y para sorpresa de todos, Knopfler recuperó la banda en el 91, para sacar a la luz un disco muy flojo comparado con los anteriores, On every street, pero nada volvió a ser lo mismo. Ni siquiera la gira de ese año estuvo a la altura de las anteriores, pues se limitó a la simple parafernalia de las luces, el escenario lleno de músicos mercenarios contratados a base de talonario, y retocando clásicos inmarcesibles de manera un tanto artera.

Después de terminada la gira, en Zaragoza, en 1992, Knopfler disolvió el grupo y emprendió una muy irregular carrera en solitario, no alcanzando, ni le lejos, la gloria y la magnificencia que tuvo en aquella mágica década del 78 al 88.

Aun así algo queda: su música, su virtuosismo, sus conciertos, su humildad y, sobre todo, el que gentes que no vivimos de cerca aquella época dorada, le sigamos recordando como uno de los más grandes.


La Lidia. Madrid. Feria de San Isidro. 15 de Mayo de 2009


Feria de San Isidro

Cortés/Ferrera, Tejela, Bolívar

Toros de Cortés: Bien presentados en general. Tercero y sexto de menor presencia. Encastados y mansos. Cuarto bis y quinto bravos y nobles. Muchos de ellos codiciosos.

Antonio Ferrera: Golletazo (Palmas).

Matías Tejela: Bajonazo (Palmas); Pinchazo, estocada caída (Oreja); Cuatro pinchazos, Estocada, aviso. (Silencio).

Luis Bolívar: Estocada, aviso, descabello (Silencio); Pinchazo hondo, pinchazo, media estocada, aviso (Silencio).

Carlos G.

Las dos caras de la moneda

Hubo material con cuernos, toros que eran unos tíos, bravos y codiciosos, y sólo se entretuvo en torearlos a ratos Tejela. EL resto como si viniesen a comer gallinejas por la noche en las Vistillas. La verdad es que uno no termina de entenderlo.

El taurinismo oficial, y el torerista en particular, tiene la malsana costumbre de llenarse la boca con bravocunadas del estilo de que hoy día se torea mejor que nunca; que estamos ante una época esplendorosa del toreo, que ahora hay maestros –ciruela- a porrillo, pero uno, que de por sí es receloso de casi todo, no ve más que pegapases cientos, aburridos y rutinarios.

Sucede también que cuando el resultado de la corrida no es el esperado, se echan las culpas al empedrado. Suele ser éste relacionado con la dificultad de los toros, su nula capacidad de embestir –muy discutible, como ya veremos a continuación-, o que el público es un maleducado, pues no ha tenido la decencia de rendirse a sus encantos y su buen hacer. ¡Hay que ver qué perversidad se gastan algunos!.

Esto sucede todos los días en las plazas de España, y ayer no fue diferente al resto. Salió una corrida de irreprochable trapío, con toros codiciosos, alguno de ellos francamente bravo, y los espadas, en lugar de plantarles cara, ganarles la partida mediante su buen hacer y sus artes lidiadoras, se pusieron en plan de insufribles pegapases para compensar así su falta de calidad con la cantidad, cosa que nunca fue solución a ningún problema, y menos en lo que al Arte de Cúchares se refiere.

No se tendrá en cuenta lo realizado por Ferrera, pues el hombre estuvo todo lo honrado que pudo hasta que el toro, que era un pavo de astifinos pitones, le hizo un quiebro a la salida de un derechazo, y le atravesó el muslo de parte a parte. NI siquiera se miró, aun teniendo el muslo partido y empapado en sangre. Trató de lidiarlo como buenamente pudo y lo mató de infame golletazo. Valor y entrega no puede negársele, y se le desea una pronta recuperación.

Luis Bolívar vino a confirmar que se trata de un torero con posibilidades, pero parece no tener muchas ganas en emplearlas en realizar el toreo. Sería justo decir que viene de tener una cornada hace dos días, y que ello pudo ser la causa de que desperdiciase toros de boyantía y codicia infinitas, y se limitase a realizarles un toreo rutinario, de muchas carreras, poco ajuste, y menor ejecución ceñida en los lances. Especialmente sangrante fue lo realizado en el quinto, que puede ser uno de los toros más bravos que se han visto este año en la plaza de Las Ventas; un toro que requería de firmeza, toreo hondo y mandón, y le administró eso…pero justo al revés. Como no podía ser de otro modo, y como sucede a todos los bravos, aprendió pronto, y se vio superior al espada que le había tocado en suerte, y le hizo pasar las de Caín.

Lástima de torero y de toro que se fue sin torear, como tantos otros.

Matías Tejela es un fino estilista del todo desconcertante. Puede torear como los ángeles en tandas ligadas, ceñidas y hondas como en el cuarto bis, haciendo por tanto rugir a toda la plaza; y puede convertirse en un posturitas más preocupado de mirarse en el espejo que de dominar propiamente al toro.

Con sus tres enemigos, uno de los cuales que tuvo que matar en lugar del herido Ferrera, estuvo en este plan, dependiendo de lo que cada toro le permitía o no realizar delante de ellos. Alguno de ellos, como el segundo, más soso y de menor recorrido estuvo sobrado y amanerado. Con el cuarto bis, un bravísimo ejemplar en la muleta, tuvo momentos de verdadera belleza, con dos tandas –tal vez fuesen tres- de naturales de irreprochable ejecución y hondura, que tras los correspondientes adornos con las impactantes Bernadinas, y después de bajonazo tras pinchazo, le fue concedida una oreja.

Por lo tanto, al final, hubo de todo. Tragedia y triunfo. Mediocridad y grandeza en pequeñas dosis. Las dos caras de la moneda.

Lo que es y debe ser la Fiesta, vamos.

viernes, 15 de mayo de 2009

La Lidia. Madrid. Feria de San Isidro. 14 de Mayo de 2009


Feria de San Isidro



Garcigrande/Morante, Castella, Talavante

Toros de Garcigrande: Mal presentados en general, algunos abecerrados e indignos de una plaza de primera. En general sosos y mansos. El quinto noble y muy bueno en la muleta. A casi todos se les simuló el segundo puyazo.

Morante de la Puebla: Pinchazo hondo caído (Silencio); Pinchazo, media caída (Silencio).

Sebastián Castella: Estocada trasera, aviso (Oreja); Estocada caída y trasera, aviso (Oreja).

Alejandro Talavante: Bajonazo, aviso y descabello (Silencio); Pinchazo, media tendida y tarsera y descabello (Leves pitos).

Carlos G.

Casquería

Vivan los despojos se escuchaba en toda la plaza. Bueno, no es que se escuchase a nadie emitir tales palabras, sino que se sobreentiende visto lo visto.

La primera plaza del mundo convertida, por arte de magia y por parte de gentes sin ningún criterio –incluido el presidente-, en una casquería de barrio.

No es que uno tenga nada en contra de estos establecimientos, pues son a veces lugares a tener en cuenta para degustar ricos productos cárnicos tan arraigados en las costumbres del pueblo español, y en el madrileño en particular: oreja, hígados, riñones y demás despojos pueden convertirse, en manos avezadas en las artes culinarias, en auténticos manjares dignos de ser paladeados en las más exigentes mesas.

Orejas de regalo; orejas inmerecidas; orejas para aliviar tanta mediocridad es lo que concedieron a Castella por no cuajar más que un par de pases de relativo mérito en sus dos toros, lo cual viene a hablar de la ínfima calidad del escalafón actual.

En tiempos pretéritos, cuando el espectáculo era tal, los despojos no valían nada, y el público se contentaba con asistir a la lidia de los maestros, solazarse con toros bravos y fieros e íntegros, y el torero si había realizado sus labores con arte y destreza era sacado a hombros sin necesidad de contabilidades casqueriles de ningún tipo. Eran otros tiempos y era, sobre todo, otra afición.

Sin embargo ahora los fines son otros: a casi nadie le interesa lo que en la plaza sucede; aquí lo que importa es que se corten orejas, más allá de lo que el espada esté realizando sobre el ruedo. Es típico en plazas de poca categoría, de ambiente fiestero y poco exigentes, pero jamás, hasta hace relativamente poco, sucedían tales atropellos a la razón en la plaza de toros de las Ventas.
Y si a todo ello se le añade el hecho de que en el palco preside Santa Claus –no lo dice uno por su cana y bien puesta barba, sino por su incontenible necesidad de conceder premios aunque éstos no sean merecidos-.

Morante de la Puebla no tuvo su tarde, bien es cierto. El sevillano, artista reconocido y de personalidad arrebatadora, necesita de musas inspiradoras para llevar a cabo su cometido, y ayer no hubo tal. Y no sucedió, en parte, porque le tocaron en suerte dos mulos de carreta que más que embestir topaban y salían con la cara alta, desluciendo así la labor del fino diestro de la Puebla. A su primero se lo quitó de en medio en cuanto pudo, y a su segundo, un becerro impresentable, se entretuvo en sacarle tres derechazos de tal regusto, cadencia, temple y embrujo que se convirtió en lo mejor de la tarde, a distancia sideral del resto de labores. Es lo que tienen los artistas.

Más afortunado fue Sebastián Castella, que le tocaron en suerte dos borreguitos de diferente estilo. El primer borreguito salía suelto en cada lance, mientras que el segundo era un carretón al que torear a placer. Con el primero estuvo tenaz y entregado, intentando no dejar que el bicho se fuera de rositas; porfión y sobrado, y también un tanto pesado. No cuajó series de mérito, pues tampoco había material para ello. Mató a la primera y el presidente, raudo y veloz, sacó el pañuelo para conceder el primer regalo. Luego hubo de venir otro.

Con el quinto de la tarde, una chota, fue un mansazo en el caballo de aquí te espero, al que Curro Molina, posiblemene uno de los mejores hombres de plata del actual escalafón, le clavó dos pares de banderillas de verdadero mérito tas lo que hubo de destocarse, cosa que no resulta extraño ninguna tarde, pues torería le sobra y la demuestra siempre que puede, que son las más veces. Tras el tercio de banderillas, por arte de magia el toro devino en codicioso, noble y entregado, embistiendo como lo hacen los bravos, y Castella estuvo rutinario, pegando pases como quien lava, ora con el pico, ora estirado, ora no cojo la mano izquierda porque me salen granos… La faena fue larga y entregada, amén de ayuna de arte; mató a la primera y el público, transido de no se sabe qué, pidió con auténtico fervor la oreja que le permitía salir por la puerta grande. Y el presidente, que es un gran amigo, la concedió sin reservas, permitiendo al diestro francés salir a hombros.

Talavante por su parte, como ya apuntó en la Feria de Abril, se ha convertido en un pegapases absolutamente insufrible; soso hasta decir basta y sin una gota de ambición y entrega. Tuvo en suerte dos toros nobles y borreguiles a los cuales practicar el toreo de calidad y les dio pases miles, ninguno bueno, y todos deseando que acabase cuanto antes semejante calvario pegapasista. Los modernos coletudos no tienen piedad del alma del público, y ya pueden estar pegando un sainete, que como el toro siga embistiendo ellos van a lo suyo, que no es otra cosa que pegar pases, y a montones. Otra cosa bien distinta es cuál sea la calidad de los mismos.

Transcurridas dos horas de espectáculo y viendo salir al diestro galo por la puerta grande, a uno le queda en mente los dos pares de banderillas de Curro Molina, torero de plata a carta cabal; y, por supuesto, los tres redondos de Morante: cadenciosos, acompasados, cuasi acariciando al morlaco.

Y todo ello lo hizo tras fumarse un puro en el callejón. Algunos, en cambio, prefieren dejar el pitillo para después de comer y hacer la digestión de un atracón de productos casqueriles.

Son maneras de ser y de entender la vida…

miércoles, 13 de mayo de 2009

La Lidia. Madrid. Feria de San Isidro. 12 de Mayo de 2009


Feria de San Isidro

Dehesilla, Pereda/Ferrera, “Morenito de Aranda”, Fandiño

Toros de La Dehesilla y José Luis Pereda: Bien presentados, salvo el cuarto. En general mansos y broncos. El cuarto, el de menor trapío, inválido.

Antonio Ferrera: Seis pinchazos y estocada (Silencio); Bajonazo (Silencio).

“Morenito de Aranda”: Estocada desprendida (Silencio); Pinchazo en el gollete, pinchazo bajo y media baja (Silencio).

Iván Fandiño: Pinchazo y estocada desprendida (Ovación con saludos); Estocada (Ovación con saludos).

Carlos G.

Doce kilos de criadillas

Menudos eran ellos, tan galanes y puestos con lo que les colgaba por la entrepierna –dicho sea con todo el respeto del mundo y sin ánimo de ofender- y luego no valían más que para carne o tirar de un carro. Las apariencias, como muchas veces suele decirse, engañan, y esta vez es una de ésas.

Con semejante dispendio de atributos creían que iban a impresionar al respetable, ser motivo de admiración por parte de propios y extraños, y tener prendidas a las vaquitas del prado donde hace unos meses pastaban alegremente, hasta que un señor con sombrero –supone uno- los cogió por el rabo y los echó al camión donde iban a un inhóspito lugar donde nada les cuadraba.

Saltaban a la arena tan gallardos y chulapos los toros de Pereda y la Dehesilla, se quedaban mirando al graderío, atestado de caras guapas e isidros de todo pelaje, y no parecía gustarles demasiado el panorama, pues a la mínima se ponían a la defensiva con los pobres coletudos, que poca culpa tenían de su mala estampa. Qué perra vida, pensarían los asendrados toros al ver cómo el señor del castoreño, que no tenía ni idea de lo que el oficio conlleva, le ponía el palo encima despacito, no fuese que les hiciese pupa. Y lo colocaban allá penas dónde cayese, pues a nadie importaba salvo al sector crítico de siempre, que no se lo toleraba por nada del mundo, y a grito pelado se lo cantaban. Eso y la infame carioca de todos los días, naturalmente.

La corrida quedó en un desfile de criadillas bamboleantes, porque lo que se dice torear, torear de verdad, poco o nada se vio, pese a los denuedos de algunos miembros de la terna, que se ganaron con creces la inclusión en los carteles de la isidrada. A más de uno de los prebostes del escalafón quisiera ver uno en tal tesitura, viéndoselas con 6 pavos –más bien 5, pues el cuarto debía ser el hermano pequeño recién salido del parvulario del prado donde pastan- con las peores intenciones del mundo, pegando navajazos arteros, brincando cual si se tratase de una doma de caballos, y no agachando el testuz más que para hocicar una vez el estoque estaba dentro de su anatomía. Eso de poner los 2 kilos de criadillas, como dijo mi amigo “Peluche”, a ras de suelo debe dar cosilla, y a fe que los cornúpetas mantuvieron su postura de manera tenaz y testaruda, pues ninguno cayó –salvo el hermano pequeño, que debía estar pachucho de lo suyo- y todos ellos vendieron cara su piel.

Ferrera no le dio demasiada coba a su primero, que tampoco es que fuese nada del otro mundo viendo como fue la tarde, y sólo se entretuvo en poner un par de banderillas de cierto mérito, pues los otros artrosos y rápidos le salieron. Dio un mitin con la espada y convirtió al bicho en colador de sopa. Con su segundo, el cuarto de la tarde, bastante tuvo con no tirarle a las primeras de cambio, pues más que lidiador cirujano necesitaba, con enfermera haciéndole la cobertura por si acaso. Alma de cántaro…

Morenito de Aranda dejó entrever buenas maneras, con un estilo clásico y algo amanerado, pero con formas toreras cuyas bases son sobre las que se debe fundamentar cualquier carrera en esto de los cuernos. Naturales finos y de buen trazo, compostura y empaque a ratos, y algo de falta de temple por momentos, que todo hay que decirlo. Mató a la última y de muy malas maneras a sus oponentes, y su tarea cayó en el olvido. Habrá que darle otra oportunidad para confirmar que lo de hoy no fue espejismo.

Iván Fandiño, que confirmaba la alternativa, estuvo hecho un torerazo toda la tarde. Apechugando con un primer toro que tuvo poco fuelle, le enjaretó un par de tandas con la derecha de buen trazo y templadas. Largura y mando en ellas que no es asunto a tomar en broma cuando la tarea es realizada por alguien tan bisoño, y recién bautizad. Su segundo estuvo a punto de mandarle a por tabaco un par de veces, afeitarle en seco otras tantas, y aún tuvo los suficientes redaños como para ponerle una y otra vez la pañosa por delante, ofreciendo el medio pecho, y aguantando infernales puñaladas que lanzaba el muy bruto. Mató a los dos –sobre todo a su segundo- de volapié neto, volcándose sobre el morrillo y dejó un muy buen sabor de boca a la afición venteña, que de tonta no tiene un pelo.

Ya pueden venir figuras del toreo de pacotilla a lidiar borregas y a componer figuras; ya pueden venir toros con atributos como balones de rugby; pero si no hay nada que llevarse a la boca de mediano fuste, el público de Madrid borra espacio en la memoria para dejar paso a información más valiosa.

Y la información que ha de ser retenida es que aquí hay torero, y los tiene mejor puestos que los de los 2 kilos por barba, que no es poco.