
Quienes me conocen saben que no suelo variar mucho mi espectro de gustos, y me mantengo fiel a unos cuantos patrones.
En el mundo musical suelo decantarme por el Rock, a poder ser de los '70; en las películas soy más clásico aún, pues a pesar de que la mayoría de mis filmes preferidos están también realizados en la mencionada década, me apasiona el cine en blanco y negro de los '40: Gansters, detectives, gabardinas, pelos engominados, y damas que destilaban clase en cada paso que daban.
En cuanto al tema de series televisivas, era aún más radical, y prácticamente me negaba en rotundo a ponerme a ver algo que no fuese mi admirado House. Sin embargo, hace como año y medio, surgió un personaje en este mundillo que me produjo cierta curiosidad, y tuve que esperar a que pasara un tiempo para poder prestarle la suficiente atención que en ese momento no podía dispensarle.
Se trata, ni más ni menos, que de la serie Dexter, ampliamente conocida por todos -o eso imagino-.
El argumento, para quien no lo conozca, trata sobre un asesino en serie que vive como un honrado ciudadano de Miami, trabajando como médico forense especializado en sangre.
Su vida, de cara al exterior, es de lo más normal: trabajo, casa propia, novia y una hermana -de armas tomar- que trabaja codo con codo con él. Sin embargo ésas son sólo apariencias, pues dentro de Dexter Morgan habita un "lado oscuro" que le obliga, de vez en cuando, a liquidar personas a las que previamente ha elegido minuciosamente, cerciorándose de que hayan cometido algún asesinato por el cual no han sido capturadas.
Su Leit Motiv es el código de Harry, su padre adoptivo, quien se lo enseñó con el único fin de que pudiese sobrevivir y no ser capturado. Primera regla del código de Harry: no dejarse atrapar.
De momento llevo visionadas las tres primeras temporadas, y hoy mismo comenzaré con lo que hasta ahora se ha emitido de la cuarta.
Y me está gustando mucho. Muchísimo diría yo.